miércoles, 8 de febrero de 2012

que noche la de anoche!

Era tarde. Yo estaba en Belgrano, salia del trabajo. Entonces, pienso, que si la espero a una compa de tango me puede llevar a casa. Así que bajo al estacionamiento. Pero resulta que ella no se aviva que la espero, y se va sin mi. Una pena, tengo que caminar.
Entonces, salgo, unas calles y estoy en Cabildo. Hay gente en las veredas. Hombres, chicos. Algunos dicen alguna grosería cuando paso. Mucho alcohol.
Es tarde, tiene que ser mas de medianoche, y yo camino por Cabildo hacia el centro, hacia Juramento, y veo el cielo recortado de edificios. Raro, se ve el cielo. De lo oscuro habitual, se empieza a poner cada vez mas claro. La luna ya se ve pálida, no brilla, el cielo es casi celeste.
No se que pasa, no puede estar amaneciendo. Es muy tarde, pero no mucho mas que medianoche.
La gente se detiene en el parque, mira hacia el cielo. Es de día, de día, luz de sol, en plena noche. La euforia gana a la gente, cantos, rezos, miles de incrédulos grabando la luz del día con su celular, en plena noche. Animo de fiesta, de carnaval, de desesperada alegría. Y yo con ellos, mirando las calles, que lejos de la plaza, están vacías, porque es de noche, y hay gente durmiendo. Pese a la luz.
Pero no puede ser mucho mas que medianoche.
Y camino por las calles, desiertas. Algún que otro transeúnte, tan eufórico como yo, porque toda la ciudad que no duerme, esta despierta, y canta, baila, reza, ruega, llora, ríe, corre, espera. Cada uno hace lo que puede y yo llego a ese puestito, abierto a la calle.
Huele intensamente a vainilla. Wafles, eso venden ahí. Y hay una de esas máquinas que sacan helado, ese helado de conito, horrible: chocolate y crema. Pero todo huele a vainilla, tengo hambre. El lugar esta abierto. La barra que da a la vereda se ve desolada. Pero yo tengo hambre, y llamo. Y nadie responde. Entonces, empujo la puerta vaivén y entro un poco a ese lugar. Un pasillo estrecho detrás de la barra, y al fondo el resto del local, un espacio atrás, una cocina que veo desde una ventana. Y ahí está ese hombre, un hombre ya mayor, que está masticando algo. Su mirada me arranca la sonrisa de la cara. Su mirada me es un balde helado que me limpia de euforia y de luz de día. Salgo de ahí, porque de repente, estoy en mi cama.

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